La amiga y rival.

Mucho había pasado en mi vida con las mujeres cuando me ocurrió lo más bizarro que pudiera imaginar hasta ese entonces. Había terminado todo con La norteña inevitable, todo pero todo. Nada tuvo que ver que le haya sido más o menos infiel con La corazón del bajío, al contrario, de eso, ella nunca se enteró.

Pero estando libre de ataduras y depresiones reales o imaginarias, recordé los besos bajo el cielo que la corazón del bajío me daba con su boca de, ejem, pues de corazón. No quisiera quemar su historia pues va íntimamente ligada a la que relataré a continuación.

Era yo un hombre libre y soberano y ejercía mi derecho irrenunciable a pasearme del brazo de cuanta mujer considerara capaz de hacerlo. Una llamada me movió las entrañas, la corazón del bajío me invitaba a pasar un fin de semana en su tierra, para después ir a las celebraciones de independencia en la mera cuna de la misma, Dolores Hidalgo, Guanajuato. Sobra decir que el viaje, además de fiesta prometía sexo, del bueno; del que moría por probar, y del que sólo se puede ofrecer con un buen par de labios en forma de, ejem, pues de corazón.

El fin de semana transcurrió de buena manera, sin embargo, lo extraño llegó con el atardecer del domingo. La corazón del bajío recibió una llamada urgente de su familia que la hizo dejarme con la promesa de volver por mí la noche siguiente. La acompañé a preparar sus cosas para la partida de emergencia y en su departamento nos encontramos a su amiga y roomate (y rival): La amiga y rival, una chaparrita flaca con cara de pitufina.

Los tres, acompañados por la pena de la urgencia nos fuimos en el mismo taxi a la terminal de autobuses para despedir a la corazón del bajío. Cuando ella se fue, la amiga y rival y yo nos quedamos viendo como preguntándonos qué hacer a continuación. Yo propuse que ya que estábamos los dos ahí, reunidos sin querer, compartiéramos un taxi de regreso, la dejaría en su casa y yo me iría a mi hotel. Así quedamos.

Al llegar al departamento que compartía con la corazón del bajío, una primera insinuación se hizo presente: me guiñó el ojo y puso mi mano en una de sus piernas descubiertas por la falda. Seductora, me preguntó si quería subir. Como procede en estos casos, mi respuesta fue negativa y a la vez, ignorada por completo, un inocente beso se estampó a dos milímetros de mis labios, pero mi mente aún clara se negaba a colaborar. Propuse, en cambio, un paseo por las calles coloniales de la ciudad; quiso cambiarse de ropa y yo la acompañé. Hábilmente me metí al baño en el momento justo en que comenzaba a desnudarse.

Cuando salí, estaba lista, vestida y lista para salir. Lo hicimos y la reticencia se fue rompiendo con la plática, también sus intentos de seducción desaparecieron cuando las risas y la camaradería se hizo presente. Buena chica era la amiga y rival. Fuimos a caminar, al cine y a tomar un café; por la noche, el paso obligado por un bar era inevitable. A pesar de ser domingo, la proximidad de las celebraciones patrias tenía a la ciudad hecha un hervidero. Hervor que la amiga y rival aprovechó para tomar un poco más de la cuenta.

Salimos del bar, que estaba a unas cuantas cuadras de mi hotel y caminamos un poco para que se le quitaran los mareos. La idea, desde siempre, era llevarla ahora sí a su departamento en un taxi y volver a mi hotel. Pero al caminar, pasamos frente a la fachada imponente del hotel en el que me hospedaba, se lo dije, pero ella sólo atinó a balbucear: “¿Y si pasamos?” Le dije que estaba loca y seguimos andando. Por cuestiones del destino funesto, en las vueltas al centro histórico fuimos a dar de nuevo a la fachada del hotel, esta vez no hubo necesidad de decir nada pues ella lo recordaba, volvió a pedirme que entráramos y no tiuve la fuerza para negarme una tercera vez.

Normalmente evito a toda costa el sexo con mujeres borrachas, sin embargo, esa vez fue tan extraño y extremo que me cuesta trabajo recordar detalles, sólo está en mi mente su cara gritona y sus pelos chinos negros y amarillos rebotar y rebotar. No sé cómo, pero al despertar, su cruda era tan impresionante que me imaginé tener sexo matutino con la hermana de Gárgamel (porque el sexo matutino es algo que jamás debe perdonarse).

De inmediato me metí a bañar para quitarme la culpa y los besos babosos de la amiga y rival. La cual, cuando yo salí, estaba sentada en el centro de la cama con cara de haber visto efectivamente a Gárgamel. “¡No le vayas a contar nada a la corazón del bajío!” Me gritó con una desesperación digna de Digna. “¡Por supuesto que no, tú tampoco eh!” Respondí. Y esas fueron las últimas palabras que cruzamos en la vida.

Se bañó y se fue mirando al suelo y yo me dispuse a olvidar el desaguisado y a hurdir una estrategia de control de daños con la corazón del bajío. Nada grave pasó en realidad, ni con una ni con otra historia.

Y la amiga y rival fue la número doce (12).

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Acerca de Seth

El fin justifica los medios, sin embargo, no hay mal que por bien no venga ...
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